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Una proteína tumoral ofrece una pista clave para el tratamiento del Alzheimer

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Durante años, médicos y científicos detectaron un patrón tan llamativo como constante: el cáncer y la enfermedad de Alzheimer rara vez coexisten en una misma persona. 

Esta observación, repetida en la práctica clínica y respaldada luego por estudios poblacionales, despertó la hipótesis de que ambas patologías podrían estar conectadas por un vínculo biológico profundo.

A simple vista, se trata de enfermedades opuestas. Mientras el cáncer se caracteriza por una multiplicación celular descontrolada, el Alzheimer implica la degeneración progresiva de neuronas y el deterioro de las funciones cognitivas.

Un estudio científico reciente aportó una pieza clave a este enigma al identificar una proteína producida por tumores periféricos que podría ejercer un efecto protector sobre el cerebro.

La investigación, publicada recientemente en la revista Cell, fue el resultado de 15 años de trabajo y se enfocó en modelos murinos de la enfermedad de Alzheimer.

Cistatina C: una proteína tumoral con efecto neuroprotector

Los resultados indicaron que una molécula liberada por células cancerosas es capaz de atravesar la barrera hematoencefálica y actuar directamente sobre uno de los principales rasgos del Alzheimer: las placas amiloides. En ratones, esta acción no solo redujo la acumulación de proteínas mal plegadas, sino que también preservó las capacidades cognitivas. La proteína identificada, denominada cistatina C, emergió así como un inesperado punto de conexión entre la oncología y la neurociencia.

La noción de una relación inversa entre cáncer y Alzheimer no nació en laboratorios sofisticados, sino a partir de observaciones clínicas. Donald Weaver, neurólogo y químico del Instituto Krembil de Investigación de la Universidad de Toronto, relató en un artículo publicado en Nature cómo surgió su interés por este fenómeno.

“Si observas a una persona con Alzheimer, casi nunca ha tenido cáncer”, le comentó un patólogo experimentado durante su formación médica. Años después, tras evaluar a miles de pacientes, Weaver afirmó no recordar un solo caso que presentara ambas enfermedades.

Si bien esta percepción no constituye una regla absoluta, sí reflejó una tendencia que la epidemiología comenzó a cuantificar con mayor precisión.

El neurólogo Alejandro Andersson explicó a Infobae que este hallazgo conecta dos enfermedades históricamente consideradas opuestas. “El estudio sugiere que una proteína tumoral, la cistatina C, puede activar a la microglía para eliminar el amiloide a través del receptor TREM2. No se trata de que el cáncer sea protector, sino de que el organismo pone en marcha señales que podrían reproducirse con fines terapéuticos”, señaló.

Por qué cáncer y Alzheimer casi no coinciden

Un metaanálisis publicado en 2020, que incluyó datos de más de 9,6 millones de personas, mostró que el diagnóstico de cáncer se asociaba con una reducción del 11% en la incidencia de Alzheimer. Esto no implicaba inmunidad, pero sí una disminución estadísticamente significativa del riesgo.

La interpretación de esta relación presentó desafíos. Muchas personas con cáncer fallecen antes de alcanzar edades en las que el Alzheimer suele manifestarse, y algunos tratamientos oncológicos generan deterioro cognitivo que puede dificultar un diagnóstico preciso. Aun así, la consistencia de los datos impulsó a los investigadores a buscar una explicación biológica concreta.

Con esa inquietud, Youming Lu, neurólogo de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Huazhong, en Wuhan, decidió profundizar más allá de la correlación estadística. Convencido de que existía un mecanismo molecular subyacente, su equipo trabajó durante años en el desarrollo de un modelo experimental que permitiera estudiar ambas enfermedades de forma conjunta.

Replicar en ratones una interacción que en humanos se desarrolla a lo largo de décadas implicó un desafío considerable, dada la influencia de múltiples factores genéticos y ambientales.

En términos de impacto global, el Alzheimer representa entre el 60 y el 70% de los casos de demencia, y se estima que más de 55 millones de personas viven actualmente con esta enfermedad en todo el mundo. Las proyecciones indican que esta cifra podría triplicarse para 2050 si no se desarrollan estrategias efectivas de prevención y tratamiento.

El neurólogo Guido Dorman, de Ineco, explicó a Infobae que, aunque aún no existe una cura definitiva, la investigación avanza rápidamente. Por un lado, con terapias innovadoras como los anticuerpos monoclonales dirigidos contra el amiloide, y por otro, con estudios que analizan cómo el estilo de vida puede proteger el cerebro y ralentizar el deterioro cognitivo.

Un experimento que conectó dos patologías opuestas

Tras seis años de trabajo metodológico, el equipo de Lu optó por un enfoque directo: trasplantó tumores humanos de pulmón, próstata y colon en ratones que ya presentaban signos de la enfermedad de Alzheimer. Aunque la hipótesis era ambiciosa, los resultados superaron las expectativas.

Los animales que desarrollaron cáncer no formaron las placas cerebrales típicas del Alzheimer, compuestas por agregados de beta amiloide que interfieren con la comunicación neuronal. “Los ratones con cáncer no desarrollaron las placas características del Alzheimer. Entonces nos preguntamos por qué”, explicó Lu.

Para responder a esa pregunta, el equipo analizó de manera sistemática las proteínas secretadas por las células tumorales, con un requisito clave: debían ser capaces de atravesar la barrera hematoencefálica, una estructura altamente selectiva que protege al cerebro.

El proceso fue extenso y meticuloso. Tras años de análisis, los investigadores redujeron la lista a una sola candidata: la cistatina C, una proteína ya conocida por su función en la regulación de enzimas proteolíticas y su presencia en distintos tejidos del organismo.

Una vez identificada, los experimentos se centraron en esclarecer su mecanismo de acción. Se comprobó que la cistatina C se une a los oligómeros amiloides, formas solubles y altamente tóxicas del beta amiloide. Esta interacción activó un receptor específico de la microglía, las principales células inmunitarias del sistema nervioso central.

Dicho receptor, denominado TREM2, ocupa un lugar central en la investigación sobre Alzheimer. Variantes genéticas de TREM2 se asociaron con un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad, lo que subraya su importancia en la respuesta cerebral frente a proteínas dañinas. La activación de este receptor permitió a la microglía reconocer y degradar placas amiloides ya existentes, un enfoque distinto al de las terapias actuales, que suelen centrarse en reducir su formación.

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