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Siete avances esperanzadores que redefinen el tratamiento de la demencia

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Si usted es como muchas personas, probablemente sienta preocupación por la posibilidad de desarrollar demencia con el paso de los años.

El riesgo de padecer demencia a lo largo de la vida después de los 55 años se calcula en alrededor del 42 %, de acuerdo con un estudio realizado en 2025 que incluyó a más de 15.000 personas. Además, se estima que el número de estadounidenses que desarrollan demencia cada año crecerá de 514.000 en 2020 a cerca de un millón en 2060.

No obstante, en los últimos años se han logrado avances alentadores tanto en el diagnóstico como en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer, que representa entre el 60 % y el 80 % de los casos de demencia. También ha mejorado la comprensión de los mecanismos biológicos y del proceso de desarrollo de la demencia en general. Según un informe de la Comisión Lancet de 2024, cerca de la mitad de los casos de demencia podrían evitarse si se controlaran los factores de riesgo conocidos.

Ante este panorama, resulta fundamental acelerar los esfuerzos en investigación, señaló Ronald Petersen, profesor de neurología y exdirector del Centro de Investigación de la Enfermedad de Alzheimer en la Facultad de Medicina y Ciencias de Mayo Clinic.

Actualmente, se observa un “continuo” de avances que va desde estrategias de salud pública de bajo riesgo hasta tratamientos individuales intensivos con mayores riesgos, explicó Nick Fox, médico y profesor de neurología en el University College de Londres, donde dirige el Centro de Investigación de Demencia.

“Estamos cerca de lograr un impacto real en la calidad de vida, no solo en la esperanza de vida”, afirmó Petersen.

A continuación, se describen algunos de los progresos más destacados en la investigación y el tratamiento de la demencia en 2025.

1. Análisis de sangre para detectar el Alzheimer

La detección de la enfermedad se está volviendo más sencilla y accesible, lo que permite que más personas accedan a tratamientos eficaces antes de que el daño avance. En mayo, la Administración de Alimentos y Medicamentos aprobó el primer análisis de sangre capaz de identificar señales de placas beta amiloide y ovillos de tau —rasgos biológicos característicos del Alzheimer— con una precisión superior al 90 %.

Este biomarcador sanguíneo podría transformar radicalmente la forma en que se diagnostica la enfermedad, así como quién puede hacerlo y a quién se le realiza el diagnóstico, afirmó Kristine Yaffe, profesora y vicepresidenta del departamento de psiquiatría de la Universidad de California en San Francisco.

Durante años, la beta amiloide solo podía medirse mediante estudios de imagen PET o detectarse con una punción lumbar para analizar el líquido cefalorraquídeo, procedimientos costosos o invasivos, explicó Petersen.

El nuevo análisis de sangre puede ser solicitado por médicos de atención primaria y representa lo que algunos expertos consideran una “democratización” del diagnóstico del Alzheimer. Se espera que esta prueba facilite el acceso a diagnósticos más económicos y disponibles, especialmente en regiones con escasez de especialistas o de tecnología avanzada.

De forma paralela a la aprobación de esta prueba, la Asociación de Alzheimer elaboró la primera guía clínica diagnóstica que incorpora biomarcadores sanguíneos, basada en una evaluación rigurosa de la literatura científica, señaló Heather Snyder, vicepresidenta sénior de relaciones médicas y científicas de la organización.

El análisis mide dos biomarcadores clave: la beta amiloide, una proteína que puede plegarse de manera anormal y formar placas en el cerebro, y la p-tau217, una versión modificada de la proteína tau que favorece la aparición de ovillos neuronales.

Entre los distintos biomarcadores estudiados, la p-tau217 parece ser el indicador más informativo sobre la probabilidad de que exista una biología subyacente de Alzheimer, explicó Petersen.

Las investigaciones muestran que este biomarcador puede alertar sobre la enfermedad años antes de que aparezcan los síntomas, lo que abre la puerta a intervenciones más tempranas, ya sea mediante medicamentos o cambios en el estilo de vida. Aunque el Alzheimer no tiene cura, la detección precoz amplía las opciones de manejo.

Sin embargo, un resultado positivo no implica necesariamente que una persona tenga o vaya a desarrollar Alzheimer, ya que más del 20 % de los adultos mayores de 65 años sin deterioro cognitivo presentan depósitos de amiloide.

La mejora en las herramientas diagnósticas también puede acelerar el desarrollo de tratamientos, al permitir que los ensayos clínicos incluyan de forma más precisa a pacientes con biomarcadores específicos, añadió Petersen.

En el futuro, así como hoy se realizan análisis rutinarios de colesterol, podrían efectuarse pruebas sanguíneas que evalúen múltiples biomarcadores para crear un perfil individual de riesgo de demencia y personalizar el tratamiento.

Actualmente ya existen paneles capaces de analizar varias proteínas al mismo tiempo, señaló Fox, quien considera que, aunque los biomarcadores sanguíneos representan un gran avance, aún queda margen para nuevas mejoras.

2. Optimizar la administración de tratamientos para el Alzheimer

El progreso científico y las terapias innovadoras están abriendo nuevas oportunidades para quienes temen perder la memoria y la autonomía. Hoy existen dos tratamientos aprobados por la FDA que actúan sobre la beta amiloide y ayudan a eliminarla: donanemab y lecanemab.

Estos fármacos pueden ralentizar la progresión del Alzheimer en cerca de un 30 %, lo que podría traducirse en entre cuatro y seis meses adicionales de independencia funcional, explicó Fox.

No obstante, solo una mínima fracción del medicamento administrado por vía intravenosa logra atravesar la barrera hematoencefálica y llegar al cerebro, lo que obliga a usar dosis más altas y aumenta el riesgo de efectos secundarios.

Avances recientes podrían mejorar este problema. En conferencias científicas de 2025 se presentaron datos sobre un nuevo fármaco, el trontinemab, que emplea una tecnología de “lanzadera cerebral” para atravesar la barrera hematoencefálica y eliminar las placas amiloides con menos efectos adversos.

Desarrollado por la empresa Roche, este medicamento se “acopla” a una molécula que el cerebro transporta de forma natural, facilitando su ingreso, explicó Fox, quien ha colaborado como consultor de la compañía.

Este enfoque resulta especialmente prometedor, ya que podría aplicarse a otras terapias en el futuro.

3. Terapia genética en el cerebro

También se han registrado avances en otros tipos de demencia. En septiembre, un pequeño ensayo clínico informó el primer tratamiento exitoso para la enfermedad de Huntington, un trastorno neurodegenerativo poco frecuente pero devastador.

Esta enfermedad se origina por una mutación genética que altera la proteína huntingtina, convirtiéndola en una sustancia tóxica para las neuronas. El tratamiento experimental consiste en una neurocirugía para administrar directamente una terapia génica en las zonas cerebrales afectadas.

Según la empresa uniQure, la progresión de la enfermedad se redujo en un 75 % a lo largo de tres años. Aunque el estudio fue preliminar, con pocos participantes y sin revisión por pares, Fox señaló que podría ser la primera evidencia clara de una ralentización real de la enfermedad de Huntington.

El desarrollo de terapias génicas similares podría beneficiar a otros pacientes con distintos tipos de demencia, incluidos aquellos con Alzheimer hereditario, añadió Fox.

4. Mayor enfoque en la inflamación

Aunque la beta amiloide sigue siendo un objetivo central, los científicos están prestando cada vez más atención al papel de la inflamación y del sistema inmunológico en el riesgo de demencia.

El Alzheimer es una enfermedad compleja y probablemente no exista una única estrategia terapéutica eficaz para todos los casos, afirmó Snyder.

Un estudio publicado en julio reveló que las personas portadoras del gen APOE4 presentan cambios comunes en su sistema inmunológico, lo que podría explicar su mayor vulnerabilidad no solo al Alzheimer, sino también a otras enfermedades neurodegenerativas.

La inflamación y las alteraciones inmunológicas están implicadas en múltiples trastornos neurodegenerativos, como la demencia y el Parkinson.

Por ello, actualmente existe un fuerte impulso hacia el desarrollo de terapias inmunomoduladoras para el Alzheimer y otras enfermedades degenerativas, concluyó Yaffe.

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