Riesgos de la exposición temprana a las pantallas

Un simple objeto puede transformarse en cualquier cosa dentro del universo infantil: una cuchara puede volverse un avión, una caja puede convertirse en un castillo y una sombra puede imaginarse como un animal peligroso. El objeto adquiere significado cuando el niño lo resignifica mediante la imaginación.
En ese proceso no solo cambia el objeto, también se construye la subjetividad del niño, quien da forma a su mundo interior y descubre el poder de lo imaginario.
En este proceso hay tiempo para experimentar y probar. El objeto no tiene un significado fijo, sino que permanece abierto a nuevas interpretaciones. Es justamente allí donde aparece el juego simbólico: mientras lo material se transforma, el niño desarrolla su subjetividad. A través del juego crea su propio universo y encuentra las palabras necesarias para nombrarlo.
Las pantallas, en contraste, llegan ya programadas. Las imágenes aparecen de manera continua y no requieren que el niño invente o elabore nada. La experiencia ya está diseñada de antemano y es igual para todos. En lugar de participar activamente, el niño recibe estímulos de forma pasiva, incluso cuando aparentemente está jugando.
La diferencia no radica únicamente en la tecnología, sino en un aspecto psicológico más profundo: la forma en que se organizan la satisfacción, la espera y la falta. Durante la infancia se aprende precisamente a convivir con esa falta.
En el juego tradicional existe turno, frustración y espera. El otro no responde de manera inmediata a lo que el niño pide, y esa tensión suele resolverse mediante la palabra. En ese intervalo surge el deseo. Las pantallas, al ofrecer gratificación instantánea, pueden eliminar ese espacio necesario para que el deseo se desarrolle.
Investigaciones recientes han comenzado a medir estos efectos. Un estudio de 2024 titulado “Screen Time and Parent-Child Talk”, publicado en JAMA Pediatrics, analizó el impacto del tiempo frente a pantallas en el lenguaje de niños de entre 12 y 36 meses.
Los resultados fueron preocupantes. A los 18 meses, cada minuto frente a la pantalla se asocia con una palabra menos pronunciada por el niño. A los dos años, el impacto es mayor: se pierde casi una conversación completa por cada dos minutos de exposición. A los tres años, cuando el promedio llega a tres horas diarias de pantalla, también disminuye la interacción de los adultos: cada minuto adicional reduce en siete palabras las que los padres dirigen a sus hijos y disminuyen los turnos conversacionales.
Cuando el intercambio con los demás se reduce, también desaparecen los modelos que el niño imita: los comportamientos del padre, la madre, los hermanos o incluso las mascotas. El lenguaje no es solo una habilidad cognitiva; es el espacio donde se construyen la identidad y el deseo. Sin ese espacio, el juego y la conversación se reemplazan por un consumo digital basado en estímulo y respuesta, que puede apagar la curiosidad y la exploración desde edades tempranas.
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