Qué sucede con el cuerpo humano en vuelos largos y cómo mitigar los efectos

Viajar en avión es una de las formas más rápidas de desplazarse entre continentes, pero también implica someter al cuerpo a condiciones poco habituales.
En trayectos breves estos efectos suelen pasar casi inadvertidos; sin embargo, en vuelos prolongados se vuelven más evidentes. La altitud, la variación de presión, el aire seco y el espacio reducido modifican la experiencia y pueden traducirse en molestias físicas concretas para muchos pasajeros.
Diversos especialistas citados por medios como CNN y National Geographic han descrito con detalle qué ocurre en el organismo durante varias horas dentro de una cabina presurizada. No se trata solo de incomodidad subjetiva: hay cambios en la hidratación, el sueño y el funcionamiento de distintos sistemas corporales, además de ciertos riesgos médicos bien documentados.
Cambios de presión y efectos inmediatos
En vuelos de larga distancia, la presión de la cabina —equivalente a estar entre 1.800 y 2.400 metros sobre el nivel del mar— altera el comportamiento de los gases en el cuerpo. Según expertos citados por CNN, el aire se expande al ascender el avión y se contrae al descender, lo que puede generar dolor en los oídos y en los senos paranasales. El desequilibrio a ambos lados del tímpano provoca molestias, mientras que el aire atrapado puede desencadenar cefaleas.
La médica Laleh Gharahbaghian, de la Stanford University, aconseja mantenerse bien hidratado y, si es necesario, utilizar descongestionantes para aliviar la presión nasal y auditiva.
El sistema digestivo tampoco queda exento. El doctor Simon Theobalds, citado por The Independent, explica que la expansión de gases puede causar distensión abdominal, mientras que permanecer sentado durante horas enlentece la digestión y favorece el estreñimiento. Por ello, se recomienda elegir comidas livianas y levantarse periódicamente para caminar por el pasillo.
Sueño, fatiga y jet lag
La menor disponibilidad de oxígeno en la cabina puede incrementar la sensación de cansancio. El cuerpo reduce su actividad como mecanismo de adaptación, lo que favorece la somnolencia y la fatiga.
Cuando el viaje implica cruzar varias zonas horarias aparece el jet lag, una desincronización del reloj biológico interno, especialmente marcada en desplazamientos hacia el este con diferencias mayores a tres horas. Esta alteración puede afectar el rendimiento mental, provocar dolores de cabeza, mareos, dificultad para concentrarse y problemas de memoria.
El entorno —ruido constante, espacio limitado y hacinamiento— también contribuye al estrés y puede intensificar la sensación de agotamiento, sobre todo en personas más vulnerables.
Radiación y calidad del aire
A mayor altitud y duración del vuelo, aumenta la exposición a radiación cósmica. De acuerdo con CNN, aunque el riesgo para viajeros ocasionales es bajo, la dosis acumulada podría asociarse a mayor probabilidad de ciertos problemas de salud en casos de exposición frecuente. Ante situaciones particulares, como el embarazo, se aconseja consultar con un profesional.
La cabina, además, presenta niveles muy bajos de humedad. National Geographic señala que cerca de la mitad del aire proviene del exterior, donde la humedad es mínima. Esto favorece la sequedad en ojos, nariz y boca, así como irritación y sensación de tirantez.
El doctor Simon Theobalds, citado por The Independent, advierte que la piel puede descamarse y que afecciones como eccema, psoriasis o acné pueden agravarse. Beber agua con frecuencia, aplicar cremas hidratantes y evitar maquillajes pesados son medidas recomendadas.
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