Qué le pasa realmente a tu cuerpo después de los 35

Al llegar a los 35 años, el organismo empieza a experimentar transformaciones importantes. El metabolismo tiende a favorecer el almacenamiento de grasa, la masa muscular comienza a reducirse y la recuperación después del esfuerzo físico se vuelve más lenta.
Entender estos cambios permite modificar hábitos a tiempo, prevenir enfermedades y mantener la energía, la movilidad y el bienestar a largo plazo.
Un metabolismo más ahorrativo El metabolismo no se detiene repentinamente, pero sí se vuelve más eficiente para guardar energía. Al disminuir el gasto calórico basal y la actividad física espontánea, el cuerpo aprovecha mejor cada caloría consumida. Por eso, si se mantiene la misma alimentación que en los veinte, es más fácil ganar peso de forma gradual.
La sarcopenia como proceso silencioso La pérdida progresiva de masa muscular, conocida como sarcopenia, empieza a hacerse más evidente a partir de los 35 años. Sin ejercicios de fuerza regulares, se puede perder entre 0,5% y 1% de músculo cada año. Esto no solo influye en la apariencia física, sino también en la capacidad de quemar grasa incluso en reposo.
Colesterol y glucosa sin señales claras El aumento del colesterol y del azúcar en sangre suele avanzar sin síntomas visibles. En esta etapa, el organismo pierde parte de su flexibilidad metabólica, por lo que los excesos en la dieta y el sedentarismo impactan con mayor fuerza en la salud cardiovascular que en la juventud.
Menor resistencia y recuperación más lenta La capacidad aeróbica suele alcanzar su punto máximo a mediados de los treinta y luego comienza a disminuir paulatinamente. Desde entonces, la recuperación tras el ejercicio se vuelve más lenta y la fatiga puede ser más frecuente si no se ajustan las rutinas y se prioriza un descanso adecuado.
El descanso como base esencial Con el paso del tiempo, el sueño se vuelve más vulnerable a factores externos. Dormir mal después de los 35 no solo afecta el estado de ánimo y la concentración, sino que también altera las hormonas relacionadas con el apetito, favoreciendo antojos y dificultando el control del estrés.
Rigidez y menor movilidad La sensación de rigidez en espalda, caderas y rodillas puede convertirse en algo habitual si no se toman medidas. La disminución del soporte muscular y la menor hidratación de los tejidos conectivos hacen que las articulaciones se sientan más tensas, sobre todo al despertar o tras largas horas sentado.
Digestión más sensible al ritmo de vida El sistema digestivo se vuelve más reactivo frente a horarios desordenados y al estrés cotidiano. Alimentos que antes no causaban molestias pueden generar reflujo, distensión abdominal o alteraciones en el tránsito intestinal si no se mantiene una rutina alimentaria estable.
Cambios en la piel y el colágeno La producción de colágeno y elastina disminuye progresivamente, afectando la firmeza y el brillo de la piel. Aunque es parte natural del envejecimiento, la exposición solar sin protección y el consumo de alcohol pueden acelerar este proceso y profundizar las líneas de expresión.
Mayor relevancia de los controles médicos A partir de los 35, los chequeos anuales se vuelven fundamentales. Detectar a tiempo alteraciones en la tiroides, la presión arterial o deficiencias como la vitamina D permite hacer ajustes oportunos en el estilo de vida y reducir el riesgo de complicaciones futuras.
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