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La obsesión por el cuerpo perfecto en el gimnasio pone en riesgo la salud juvenil

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Lo que en un inicio puede parecer una práctica saludable, para muchas personas termina convirtiéndose en una obsesión difícil de controlar. 

Quienes atraviesan esta problemática suelen sentirse inconformes con su apariencia física, sin importar cuánto progreso hayan logrado o los resultados visibles de su entrenamiento. Esa insatisfacción permanente los impulsa a exigirse cada vez más, adoptando conductas extremas como rutinas excesivas, dietas estrictas o un consumo elevado de suplementos.

Especialistas señalan que cada vez más jóvenes, en su afán por alcanzar un ideal corporal, pierden de vista los límites recomendados para cuidar la salud. En este escenario, el gimnasio deja de ser un espacio de bienestar y se transforma en el lugar donde se libra una lucha diaria contra la propia imagen. La persecución del cuerpo “perfecto” lleva a muchos a comprometer tanto su salud física como mental.

La dismorfia muscular no es una moda pasajera ni una simple exageración: se trata de un trastorno serio que ya afecta a miles de jóvenes y que requiere atención y conciencia social, advierten expertos.

Alertas de los especialistas

Profesionales de la salud advierten sobre el peligro de sobrepasar los límites saludables en la búsqueda de un físico ideal, lo que puede derivar en consecuencias graves para el bienestar integral.

Síntomas más frecuentes

La vigorexia se manifiesta a través de señales que van más allá de una preocupación normal por la apariencia. En el aspecto físico, quienes la padecen suelen someterse a entrenamientos extremadamente demandantes, especialmente rutinas intensivas de pesas, superando las recomendaciones profesionales, según la Alianza Nacional para los Trastornos Alimentarios.

De acuerdo con el medio Healthline, es común que estas personas dediquen entre tres y ocho horas diarias al ejercicio o a actividades relacionadas con el cuidado del cuerpo.

A esto se suman conductas alimentarias poco saludables. El doctor Brad Brenner, del Grupo de Terapia de Washington, explica que muchas personas reducen de forma drástica su ingesta calórica o eliminan grupos enteros de alimentos, priorizando proteínas y suplementos.

La obsesión por aumentar la masa muscular puede llevar incluso al uso de sustancias peligrosas como esteroides anabólicos, insulina u hormonas adquiridas sin supervisión médica, incrementando significativamente los riesgos para la salud.

En el plano psicológico, la vigorexia se caracteriza por una percepción negativa persistente del propio cuerpo. Los pensamientos obsesivos sobre el tamaño, la fuerza y la definición muscular ocupan gran parte del día, generando ansiedad constante y frustración.

Son frecuentes las conductas compulsivas, como mirarse repetidamente al espejo o evitarlo por completo, así como una imagen corporal distorsionada en la que la persona se percibe más pequeña o débil de lo que realmente es.

Esta inconformidad constante impulsa a quienes padecen el trastorno a entrenar en exceso y a adoptar hábitos extremos que refuerzan el problema.

Impacto en la vida social

Desde el punto de vista conductual, la vigorexia puede provocar un marcado aislamiento social. Las personas afectadas suelen evitar reuniones, celebraciones o actividades fuera del gimnasio por miedo a perder entrenamientos o romper su rígida rutina alimentaria. Esto deteriora la vida familiar, laboral y social.

Consecuencias físicas y mentales

Los efectos de la dismorfia muscular pueden ser graves tanto para el cuerpo como para la mente. Según The Alliance, el exceso de ejercicio, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes, aumenta el riesgo de lesiones importantes como fracturas por estrés, desgarres musculares, daños en placas de crecimiento y problemas en la columna vertebral. La fatiga crónica es otra señal frecuente, resultado de forzar al cuerpo más allá de sus límites naturales.

El consumo desmedido de suplementos y sustancias como esteroides anabólicos añade un riesgo extra. Su uso sin control médico se ha asociado con daño hepático, insuficiencia renal, alteraciones hormonales y episodios de agresividad, además de cambios bruscos de humor, debilitamiento del sistema inmunológico y otros problemas derivados de una alimentación desequilibrada.

En el ámbito psicológico, la obsesión suele agravar la baja autoestima, la ansiedad y la depresión. Brenner advierte que la vigorexia puede vincularse con pensamientos autodestructivos y un mayor riesgo de suicidio en casos severos. El aislamiento social y el deterioro de las relaciones personales refuerzan la sensación de soledad e insatisfacción.

Los especialistas subrayan que no se trata de una cuestión de vanidad, sino de una condición que pone en riesgo la salud integral. La detección temprana y el acompañamiento profesional son fundamentales para evitar complicaciones a largo plazo.

Tratamiento de un trastorno poco visibilizado

El abordaje de la vigorexia requiere un enfoque integral que contemple tanto los aspectos físicos como los psicológicos. Los expertos coinciden en que el primer paso es reconocer el problema y buscar ayuda profesional, ya que suele existir una fuerte resistencia a admitir la necesidad de apoyo.

Las intervenciones más efectivas se basan en la psicoterapia, especialmente la terapia cognitivo-conductual, que ayuda a identificar y modificar pensamientos obsesivos y conductas compulsivas relacionadas con la imagen corporal, además de fortalecer la autoestima y el manejo de la ansiedad.

Otras alternativas recomendadas incluyen la terapia interpersonal y las técnicas basadas en la atención plena, que contribuyen a mejorar las relaciones sociales y el bienestar emocional, señala Brenner.

En situaciones más graves, los profesionales pueden indicar tratamiento farmacológico, como antidepresivos, para estabilizar el estado de ánimo y reducir la intensidad de los pensamientos obsesivos. Este tipo de medicación siempre debe acompañarse de psicoterapia y seguimiento especializado.

El plan terapéutico también puede incluir cambios en los hábitos de vida, la disminución gradual de conductas compulsivas y el apoyo de grupos especializados o líneas de ayuda, como la National Eating Disorder Helpline.

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