El tiempo frente a pantallas de los niños en edad preescolar podría significar problemas

Permitir que una pantalla entretenga o “cuide” a un niño en etapa preescolar podría afectar negativamente su desarrollo cognitivo y socioemocional, de acuerdo con una investigación reciente.
El estudio encontró que niños de preescolar y kínder que pasan hasta 30 minutos al día frente a una pantalla sin la compañía de un adulto muestran peores habilidades de comunicación y un vocabulario más limitado.
Además, estas dificultades en el lenguaje pueden relacionarse posteriormente con problemas emocionales y de conducta, según los hallazgos publicados en la revista Research on Child and Adolescent Psychopathology.
La investigadora principal, Molly Selover, estudiante doctoral de psicología en la Florida Atlantic University de Boca Ratón, explicó que muchos adultos suelen considerar las pantallas como una distracción útil y, en ocasiones, las usan como una especie de “niñera práctica”.
Sin embargo, Selover advirtió que, en niños pequeños con debilidades en el desarrollo del lenguaje, el uso de pantallas sin supervisión no es inofensivo, sino que puede convertirse en un obstáculo directo para su bienestar.
Como contexto, los autores señalan que en Estados Unidos cerca de la mitad de los niños pequeños superan las dos horas diarias frente a pantallas entre semana, y la cifra suele aumentar durante los fines de semana.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores siguieron a 546 niños de 4 y 5 años que asistían a 24 guarderías distribuidas en 13 ciudades de Dinamarca.
Posteriormente, compararon el tiempo que cada menor pasaba solo frente a una pantalla con las evaluaciones realizadas por sus maestros sobre lenguaje y adaptación conductual.
Los resultados mostraron que aquellos que acumulaban entre 10 y 30 minutos diarios de pantalla en solitario tendían a presentar mayores dificultades lingüísticas y más probabilidades de experimentar problemas emocionales y de comportamiento.
El investigador Brett Laursen, profesor de psicología en la misma universidad, explicó que el tiempo diario de un niño es limitado, por lo que cada minuto frente a un dispositivo en soledad es tiempo perdido para interactuar con otras personas.
Según Laursen, ese tiempo deja de invertirse en conversaciones, juegos compartidos y experiencias que fortalecen el lenguaje, así como en la práctica de habilidades sociales y emocionales esenciales para crear amistades.
Añadió que el principal problema es que las pantallas no exigen participación activa, diálogo, cooperación ni intercambio, justamente las destrezas que más necesitan ejercitar los niños con dificultades de comunicación.
Los investigadores también subrayan que el aprendizaje del lenguaje en la primera infancia depende en gran medida de las interacciones cara a cara. Por ello, los videos y dispositivos no pueden sustituir la riqueza lingüística ni la experiencia social que surge del juego y la convivencia con otros niños.
Selover enfatizó que los pequeños con habilidades lingüísticas reducidas ya parten de una situación de mayor vulnerabilidad social y emocional, por lo que hay pocos motivos para pensar que las pantallas los ayudarán a superar esos desafíos, y sí muchas razones para creer que podrían agravarlos.
En ese sentido, la Asociación Americana de Psicología aconseja que entre los 2 y 5 años el tiempo de pantalla no exceda una hora diaria y que, idealmente, un adulto acompañe al niño durante ese momento, en lugar de delegar el cuidado a un dispositivo.
La investigadora añadió que hoy los medios electrónicos forman parte del ambiente de aprendizaje en casa, e incluso muchos niños conviven más con tabletas y teléfonos que con juguetes, libros o amigos.
Por ello, concluyó que el tiempo de pantalla en solitario debe considerarse un factor de riesgo ambiental importante, especialmente en niños pequeños con dificultades del lenguaje más marcadas.
Finalmente, los autores exhortan a madres, padres y cuidadores a observar con atención la forma en que los niños usan las pantallas, ya que este hábito tan común podría intensificar problemas de conducta en menores que ya enfrentan un desarrollo complejo.
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