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El sueño ligero y su relación con la longevidad: cuándo deja de ser normal

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Con el paso del tiempo, la forma en que dormimos cambia de manera notable. En la vejez, es común que el descanso sea más ligero y se interrumpa con mayor frecuencia.

Aunque muchas personas lo consideran una consecuencia normal de la edad, estos cambios tienen fundamentos neurobiológicos bien establecidos y pueden influir directamente en la calidad de vida.

Uno de los factores principales es la pérdida de estabilidad en los mecanismos cerebrales que regulan el ciclo de sueño y vigilia. En etapas más jóvenes, este sistema funciona como un interruptor eficiente que alterna entre estar despierto y dormir. Sin embargo, con el envejecimiento se reducen ciertas neuronas que favorecen el sueño, lo que facilita interrupciones frecuentes y genera un descanso más superficial.

Además, los adultos mayores suelen experimentar más despertares nocturnos y menos tiempo en fases profundas del sueño. Los ciclos, que en adultos jóvenes duran cerca de 90 minutos, tienden a acortarse y volverse irregulares con la edad. Esto hace que el sueño sea más sensible a estímulos externos, como ruidos o cambios de temperatura, provocando que sea menos continuo y reparador.

Este patrón fragmentado, en muchos casos, forma parte del envejecimiento normal y no implica necesariamente un deterioro cognitivo. No obstante, puede ser una señal de alerta si se acompaña de otros cambios en la memoria o en las funciones mentales.

También influyen alteraciones en el reloj biológico. El núcleo encargado de regular los ritmos circadianos pierde precisión con los años, lo que lleva a que las personas mayores tiendan a dormir y despertar más temprano, además de sentir más somnolencia durante el día.

Otro aspecto clave es la disminución del sueño profundo, especialmente la fase más reparadora. Esta reducción impacta en procesos como la consolidación de la memoria y la recuperación cerebral. A su vez, puede aumentar el riesgo de deterioro cognitivo, afectar el sistema inmunológico y alterar la regulación hormonal.

A pesar de estos cambios, la necesidad de dormir no disminuye con la edad. Las personas mayores siguen requiriendo entre siete y nueve horas de descanso, aunque les resulte más difícil mantener un sueño continuo.

Es importante distinguir entre los cambios normales y aquellos que podrían indicar un problema de salud. Despertares muy frecuentes, sensación constante de no haber descansado o somnolencia excesiva durante el día pueden estar relacionados con enfermedades como apnea del sueño, diabetes, afecciones cardiovasculares o efectos de ciertos medicamentos.

Para mejorar la calidad del descanso, los especialistas recomiendan priorizar estrategias no farmacológicas. Mantener horarios regulares, hacer ejercicio, exponerse a la luz natural por la mañana y aplicar terapias como la cognitivo-conductual pueden ser efectivas para reducir las interrupciones nocturnas. En algunos casos, el uso de melatonina o tratamientos hormonales puede considerarse, siempre bajo supervisión médica.

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