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El pensamiento excesivo genera efectos negativos en la salud mental y física

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Pensar en exceso, un hábito cada vez más común, puede afectar negativamente la salud emocional y el bienestar general. De acuerdo con Harsiddhi Thakral, especialista en Psicología Clínica de Amaha, este patrón de pensamientos repetitivos incrementa la ansiedad, eleva el estrés y puede favorecer la aparición de trastornos como la depresión.

Reflexionar de manera constante reduce la sensación de bienestar, ya que mantiene a la mente atrapada en preocupaciones, dificulta el descanso y complica la toma de decisiones. Este comportamiento puede manifestarse como rumiación sobre el pasado, preocupación continua por el futuro o bloqueo incluso ante decisiones simples.

El término sobrepensar abarca distintas formas de pensamiento excesivo. Una de ellas es la rumiación, que implica revivir una y otra vez situaciones pasadas o errores, acompañados de cuestionamientos sobre lo que se pudo haber hecho diferente. Esto suele intensificar el malestar y la autocrítica.

Otra forma es la preocupación anticipada, en la que la persona imagina escenarios negativos futuros, lo que dificulta encontrar soluciones. También está la parálisis por análisis, donde el miedo a equivocarse impide actuar, generando postergación o revisión constante de decisiones.

Este exceso de análisis impacta tanto en la mente como en el cuerpo. Puede aumentar la ansiedad, el riesgo de depresión y el estrés, además de afectar la concentración, la memoria y el juicio. Físicamente, puede provocar tensión muscular, dolores de cabeza, insomnio y fatiga.

Asimismo, la autoestima puede verse afectada, ya que la autocrítica constante debilita la confianza y limita la participación en actividades importantes. Incluso puede generar distanciamiento en las relaciones personales, afectando diversas áreas de la vida.

Según Amaha, este patrón no refleja debilidad ni falta de inteligencia, sino un intento del sistema nervioso por adaptarse a la incertidumbre. El cerebro activa mecanismos para detectar amenazas y evaluar riesgos, lo que puede intensificarse por experiencias exigentes, críticas constantes o factores genéticos.

Muchas veces, la mente intenta controlar la realidad anticipando problemas o revisando en exceso lo ocurrido. Sin embargo, este esfuerzo suele tener el efecto contrario, aumentando la preocupación y dificultando desconectarse de pensamientos negativos.

Para manejar este hábito, es importante identificar cuándo aparecen estos patrones repetitivos y reconocerlos. También puede ser útil asignar un momento específico del día para preocuparse, limitando así su impacto.

Otras estrategias incluyen dirigir la atención hacia actividades físicas o tareas que requieran concentración, así como cuestionar creencias rígidas sobre la necesidad de preocuparse. Aceptar la incertidumbre como parte natural de la vida también ayuda a reducir el malestar.

Cuando el sobrepensar interfiere de forma constante con el descanso o la vida diaria, se recomienda buscar apoyo profesional. Terapias como la cognitivo-conductual, la de aceptación y compromiso, y la atención plena han demostrado ser eficaces para reducir estos patrones.

No se trata de eliminar por completo los pensamientos, sino de aprender a relacionarse con ellos de una manera más saludable, disminuyendo su impacto y favoreciendo el bienestar emocional.

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