El misterio de una familia que desafía la evolución humana

La escena parecía extraída de un documental sobre los primeros pasos de la humanidad: varios integrantes de una misma familia avanzaban en cuatro extremidades, apoyando las manos en el suelo con naturalidad, como si nunca hubieran adoptado la postura erguida.
Cuando esas imágenes se hicieron públicas a inicios de los años 2000, abundaron los titulares que hablaban de un supuesto “retroceso evolutivo” o incluso de un nuevo eslabón perdido. Sin embargo, la explicación científica fue mucho menos sensacionalista y, al mismo tiempo, mucho más esclarecedora.
Un caso que desconcertó a la ciencia
La historia de la familia Ulas, residente en una región rural de Turquía, despertó el interés de genetistas, neurólogos y expertos en evolución de todo el mundo. Algunos de los hermanos tenían grandes dificultades para mantener el equilibrio al caminar de pie y, desde la infancia, adoptaron la locomoción cuadrúpeda como principal forma de desplazamiento. Lo que más llamaba la atención no era solo que caminaran en cuatro patas, sino la soltura con la que lo hacían, sin lesiones en las manos, lo que alimentó la narrativa mediática de un supuesto comportamiento “primitivo”.
Las evaluaciones médicas identificaron alteraciones en el cerebelo, una zona esencial para la coordinación y el equilibrio. También se consideró la posibilidad de una mutación genética recesiva, ya que no todos los hijos presentaban la condición. No obstante, ninguna hipótesis científica respaldaba la idea de un “regreso” evolutivo. Anatómicamente, no había nada que los convirtiera en vestigios vivientes del pasado humano.
Evolución y desarrollo no son lo mismo
Uno de los errores más frecuentes al divulgar este caso fue confundir el concepto de evolución con el desarrollo individual. La evolución ocurre a lo largo de innumerables generaciones, no como un retroceso repentino dentro de una sola familia. Lo que sí puede suceder es que, ante limitaciones neurológicas y sin intervención temprana, una persona encuentre maneras alternativas de adaptarse y desplazarse.
En el caso de los Ulas, la carencia de fisioterapia, ayudas técnicas y estimulación durante la infancia fue determinante. Caminar en cuatro patas no representaba un vestigio ancestral, sino una estrategia funcional frente a un problema de equilibrio. De hecho, varios de los hermanos demostraban habilidades manuales finas —como tejer o coser— que desmienten cualquier idea de un estado neurológico “atrasado”.
La influencia del entorno
Un punto clave surgió cuando algunos miembros de la familia recibieron apoyo físico y dispositivos como andadores. Por primera vez lograron desplazarse erguidos durante trayectos cortos. Esto no implicaba una “transformación evolutiva”, sino la prueba de que su capacidad de adaptación dependía también de las condiciones externas. La postura cuadrúpeda no era un destino biológico inevitable, sino el resultado de un contexto específico.
Este hallazgo cambió por completo la interpretación inicial: no se trataba de una ventana al pasado de la especie humana, sino de un ejemplo extremo de cómo el desarrollo motor está influido tanto por factores biológicos como por el entorno social y sanitario. La forma de moverse no depende únicamente de los genes, sino también del aprendizaje, los recursos disponibles y las oportunidades.
El riesgo de crear mitos científicos
La atracción por relatos que parecen desafiar la teoría de la evolución revela nuestra fascinación por los “eslabones perdidos”. Sin embargo, esa mirada puede distorsionar la realidad y convertir a personas con discapacidades en símbolos erróneos de teorías científicas.
El caso de la familia Ulas no modifica lo que sabemos sobre la evolución humana. Más bien invita a replantear cómo entendemos la discapacidad, el desarrollo y la influencia del entorno. La ciencia no avanza alimentando mitos, sino cuestionando interpretaciones simplistas con evidencia, contexto y sensibilidad hacia las personas involucradas.
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