Dormir consolida la memoria: cómo el cerebro procesa durante el sueño lo aprendido en el día

En una conversación con el equipo de Infobae a las Nueve, conformado por Gonzalo Sánchez, Tatiana Schapiro, Ramón Indart y Cecilia Boufflet, la neuropsicóloga Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología en Adultos de Fleni, explicó la relevancia del sueño nocturno y respondió inquietudes del público relacionadas con la memoria y el insomnio.
Durante la entrevista, destacó que dormir es fundamental para el aprendizaje: afirmó que el cerebro trabaja más en fijar recuerdos mientras dormimos que durante el estudio en sí.
La especialista detalló que el descanso se divide en dos etapas principales: el sueño no REM (de ondas lentas) y el sueño REM (de movimientos oculares rápidos), las cuales se alternan en ciclos a lo largo de la noche. Cada una cumple un papel específico en el procesamiento de la memoria.
Según explicó, durante la fase no REM el cerebro selecciona qué información conservar, cuál descartar y transfiere los recuerdos desde el corto plazo —almacenados en el hipocampo— hacia el almacenamiento a largo plazo en la corteza cerebral. Si el sueño se interrumpe, este proceso se ve afectado.
En la fase REM, en cambio, se producen conexiones entre neuronas y se eliminan aquellas que no resultan útiles, lo que permite reorganizar la información y optimizar la memoria. También resaltó que durante la noche el cerebro elimina sustancias como las proteínas tau y amiloide, asociadas con enfermedades neurodegenerativas.
Crivelli subrayó que los recuerdos más propensos a consolidarse son aquellos que tienen carga emocional o a los que se les prestó mayor atención durante el día.
En cuanto a la cantidad de descanso necesaria, advirtió que dormir menos de cinco horas equivale prácticamente a no haber dormido en términos de memoria. Además, señaló que no es posible compensar la falta de sueño acumulada en una sola noche, ya que el proceso requiere continuidad en ambas fases.
Indicó que el mínimo recomendado para un buen funcionamiento cognitivo es de unas seis horas y media, aunque lo ideal varía según la edad: los bebés necesitan entre nueve y once horas, los adolescentes entre siete y ocho, y los adultos alrededor de siete horas.
También mencionó la importancia de respetar los ritmos biológicos, sugiriendo que los horarios escolares deberían adaptarse mejor a los adolescentes. Asimismo, advirtió que consumir azúcar antes de dormir puede interferir con el descanso.
Finalmente, citó investigaciones que relacionan la falta crónica de sueño con un mayor riesgo de deterioro cognitivo. Por ejemplo, estudios han encontrado que dormir menos de seis horas se asocia con un incremento del 30% en la probabilidad de desarrollar demencia a largo plazo. Concluyó enfatizando que la salud mental y física están estrechamente conectadas y que el cuidado del sueño es clave dentro de un enfoque integral del bienestar.
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