Dermatitis atópica: cómo prevenir los brotes de eczema

El eczema no solo afecta la apariencia de la piel: también modifica la vida cotidiana, altera el descanso y repercute en el bienestar emocional de quienes padecen dermatitis atópica.
La aparición súbita de enrojecimiento, picazón intensa e inflamación puede transformar un día normal en una experiencia difícil, donde el malestar físico se suma al impacto psicológico y social propio de una enfermedad crónica persistente.
Comprender cómo se presentan estos brotes, qué los desencadena y cuáles son las estrategias más adecuadas para manejarlos es esencial para quienes buscan mejorar su calidad de vida y mantener los síntomas bajo control.
Un brote de eczema representa un reto constante para millones de personas con dermatitis atópica. Se caracteriza por la aparición repentina de enrojecimiento, sequedad, prurito intenso y cambios visibles en la piel, especialmente en manos, pies, tórax y cuello. Según la Cleveland Clinic, quienes padecen formas moderadas o severas pueden experimentar hasta nueve episodios al año, lo que hace necesario actuar con rapidez e identificar los factores que precipitan los síntomas.
Durante un brote, las lesiones pueden presentarse como placas rojizas, grisáceas o marrones, acompañadas de descamación, grietas e incluso ampollas o pequeñas erosiones con secreción. La picazón suele empeorar durante la noche, interfiriendo con el sueño. Estos episodios afectan significativamente la calidad de vida y requieren medidas específicas de tratamiento y prevención.
Los factores desencadenantes varían de una persona a otra. Entre ellos se encuentran alérgenos como el polvo, el polen, la caspa de animales y ciertos alimentos. También influyen elementos ambientales como el aire seco, el humo y los cambios bruscos de temperatura, además de factores internos como el estrés, infecciones o alteraciones hormonales. La doctora Saadia Hussain, especialista de la Cleveland Clinic, advierte que el uso de limpiadores fuertes o solventes puede empeorar el eczema al dañar la barrera cutánea, facilitando la inflamación y el agravamiento de los síntomas.
Otros productos como champús, detergentes, desinfectantes, así como tejidos como la lana o el poliéster y el contacto con metales como el níquel, también pueden favorecer la aparición de brotes. El daño repetido en la piel no solo desencadena inflamación, sino que aumenta la sensibilidad a estas sustancias, intensificando episodios futuros.
Ante los primeros signos, la Cleveland Clinic aconseja priorizar la hidratación diaria con cremas emolientes o humectantes sin fragancia, especialmente después del baño para retener la humedad. También recomienda utilizar un humidificador por la noche y evitar duchas muy calientes o con alta presión de agua, ya que pueden irritar la piel. Simplificar la rutina de cuidado, eliminando productos con fragancias o químicos agresivos y optando por opciones suaves, favorece la recuperación de la barrera cutánea.
En cuanto al tratamiento, generalmente se inicia con corticosteroides tópicos y, en algunos casos, con inhibidores de la calcineurina como pimecrolimus o tacrolimus. Para cuadros más severos, pueden considerarse alternativas como la fototerapia o los inmunomoduladores sistémicos, siempre bajo supervisión médica.
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