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Los agonistas GLP-1 pueden ofrecer un control a corto plazo de los antojos

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Los investigadores señalan que una mujer con obesidad, que tenía dificultades para controlar su deseo por alimentos grasos, experimentó una reducción en sus antojos después de comenzar a tomar tirzepatida, el fármaco agonista de GLP-1 y GIP utilizado en Mounjaro y Zepbound para bajar de peso.

Los estudios sobre su actividad cerebral indican que el medicamento disminuyó lo que los expertos llaman “ruido alimentario”, es decir, la actividad neuronal asociada con antojos intensos e incontrolables.

Sin embargo, estos efectos sobre el ruido alimentario desaparecieron después de algunos meses, lo que sugiere que la tirzepatida no ofrece una solución duradera para problemas como los atracones.

“Aunque este informe incluye datos de una sola paciente que tomó tirzepatida, ofrece evidencia sólida de cómo los inhibidores de GLP-1 y GIP modifican la actividad eléctrica en el cerebro”, comentó Wonkyung Choi, coautor del estudio y candidato a doctorado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania.

Según él, estos hallazgos deberían motivar más investigaciones para crear tratamientos más específicos y sostenibles dirigidos a conductas impulsivas asociadas con la obesidad y los trastornos alimentarios.

Se sabe que los agonistas de GLP-1 ayudan en parte reduciendo las señales de apetito en el cerebro. Muchos usuarios también han reportado mejoras en otros comportamientos adictivos, como el consumo excesivo de alcohol.

Choi y su equipo estudian desde hace tiempo la obesidad y la pérdida de control al comer, incluidas condiciones como el trastorno por atracón.

En este trabajo, se centraron en el llamado ruido alimentario, una condición en la que la persona piensa constantemente en comida. Los autores destacan que este fenómeno es común entre quienes presentan atracones, anorexia o bulimia, y afecta también a alrededor de seis de cada diez personas con obesidad.

“Es fundamental encontrar nuevas alternativas de tratamiento para estos pacientes”, afirmó el autor principal, el Dr. Casey Halpern, profesor de neurocirugía y jefe de la División de Neurocirugía Estereotáctica y Funcional en Penn.

El ruido alimentario podría originarse en el núcleo accumbens (NAc), una región cerebral vinculada a la impulsividad y la búsqueda de recompensa. Estudios previos sugieren que alteraciones en sus circuitos pueden desencadenar este pensamiento compulsivo sobre la comida.

Como parte de sus investigaciones, el equipo ya monitorizaba la actividad cerebral de cuatro pacientes con obesidad y pérdida de control al comer mediante electrodos implantados en el NAc.

El nuevo estudio, publicado el 17 de noviembre en Nature Medicine, describe el caso de una paciente de 60 años (“paciente 3”), que llevaba años lidiando con obesidad y conductas alimentarias impulsivas, caracterizadas por picoteo constante y pedidos frecuentes de comida rápida, especialmente productos dulces o salados como cupcakes envasados, sándwiches de roast beef y papas fritas.

A menudo comía hasta sentirse incómoda, aunque deseaba detenerse.

También vivía con diabetes tipo 2 y tomaba dulaglutida (Trulicity), otro agonista de GLP-1, aunque sin éxito para controlar sus antojos o su peso. Además, había intentado cirugía bariátrica, terapia conductual y otros medicamentos.

La paciente participó en un ensayo en Penn que utilizaba estimulación eléctrica del NAc para reducir el ruido alimentario. En su caso, seis meses de este tratamiento lograron disminuir los antojos y los episodios de atracones.

Con los electrodos ya implantados, los investigadores vieron la oportunidad de estudiar cómo la tirzepatida actuaba directamente sobre el NAc.

“La implantación de electrodos es un procedimiento invasivo, por lo que es muy inusual poder analizar así la actividad cerebral humana”, indicó Halpern. “La paciente ya estaba usando tirzepatida al ingresar al estudio, lo que nos permitió observar de manera única cómo el fármaco influía en las señales cerebrales”.

Al inicio, los resultados fueron positivos: cuando la dosis de tirzepatida alcanzó niveles terapéuticos, la actividad neuronal asociada con los antojos disminuyó casi por completo y la paciente dejó de pensar compulsivamente en comida.

Pero tras unos cinco meses, el ruido alimentario reapareció tanto en su actividad cerebral como en su comportamiento.

“Los inhibidores de GLP-1 y GIP son excelentes para lo que fueron diseñados: controlar la glucosa en diabetes tipo 2 y promover la pérdida de peso”, explicó Kelly Allison, coautora del estudio y directora del Centro de Trastornos de Peso y Alimentación de Penn. “Estos hallazgos sugieren que también podrían ayudar con los atracones y la preocupación excesiva por la comida, pero no en su forma actual”.

 

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