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Un mundo de cine

Alejandra Musi
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Cada vez me cuesta más convencer a mis hijas adolescentes para que vean una película conmigo. No es que no les guste el cine, lo que les cuesta es entrar en su ritmo. Prefieren una serie que pueden interrumpir cuando quieran o esos vídeos breves que el algoritmo encadena uno detrás de otro sin exigir nada.

Si algo no las atrapa enseguida, un movimiento del dedo basta para seguir adelante. No es solo una cuestión de edad. Tengo la impresión de que es la forma en la que hemos aprendido a relacionarnos con las imágenes. Sin darnos cuenta, hemos educado la atención para otra clase de estímulos. El siguiente vídeo siempre promete ser mejor. La nueva recomendación está a un gesto del pulgar.

Ya no permanecemos ante una imagen hasta descubrir qué tiene que decirnos, elegimos enseguida si merece nuestra atención. Y entonces, aparece el cine. Cuando entro en una sala pienso en lo insólito de ese pacto. Durante dos horas dejamos de mandar nosotros, alguien decide cuánto dura un plano y cuánto debemos permanecer junto a un personaje antes de comprender qué le ocurre.

No podemos acelerar un silencio ni abandonar una escena porque creemos haber entendido lo esencial. Aceptamos que otro marque el ritmo. Y eso, hoy, resulta fascinante. Un rostro que tarda un instante más de lo esperado en reaccionar. Una habitación vacía que conserva la presencia de quien acaba de marcharse. Un personaje que duda antes de sentarse. No hacen avanzar la historia. Hacen algo más difícil: le otorgan una profundidad que parece mágica.

Los grandes cineastas siempre han confiado en esa paciencia. Chantal Akerman descubría lo extraordinario en la repetición de lo cotidiano; Ryusuke Hamaguchi entiende que algunas conversaciones empiezan justo cuando parecen haber terminado; incluso Denis Villeneuve sabe que un silencio puede explicar más de un personaje que una página entera de diálogo.

No hablo de películas lentas. La diferencia no está en el ritmo, sino en la confianza que depositan en el espectador. Por eso algunas películas siguen acompañándonos durante años. No porque recordemos cada giro, sino porque seguimos rumiando ciertas imágenes: La niña del abrigo rojo en "La lista de Schindler", la bolsa de plástico movida por el viento en "American Beauty", el pasillo interminable de "In the Mood for Love" permanecen porque nos concedieron el tiempo para descubrir lo que escondían.

A menudo se dice que el gran desafío del cine contemporáneo es competir con las plataformas, los videojuegos o el celular. Creo que el verdadero reto es recordarnos que mirar sigue siendo una forma distinta de estar en el mundo. Significa aceptar que no todo se comprende de inmediato. Que algunas emociones necesitan unos segundos más. Que una imagen puede contener más preguntas que respuestas. Que el silencio también cuenta.

En una época obsesionada con controlar el ritmo de todo, el cine sigue siendo uno de los pocos lugares donde aceptamos renunciar a ese control. Y recordarnos que merece la pena dejar de pasar imágenes para volver a habitarlas desde la atención.

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