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No Hagas Cosas Buenas… El ocaso del Guerrero: La gestión de Aleco Irarragorri y la crisis de identidad en Santos Laguna

Enrique Irazoqui Morales
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El Club Santos Laguna, el equipo que por décadas fue sinónimo de orgullo, garra y resiliencia, atraviesa hoy el periodo más oscuro de su historia moderna, peor que los primeros años en primera, donde el objetivo era la permanencia en el máximo circuito. Lo que antaño era una fortaleza inexpugnable, el Estadio Corona, se ha convertido en el escenario de una debacle deportiva sin precedentes. En este contexto de pesadumbre, la gestión de Aleco Irarragorri Kalb, actual presidente de la institución, no solo ha sido señalada por la ineficiencia en el campo, sino por una desconexión palpable con la base de aficionados que sostiene el sentir albiverde.

A sus 26 años —nacido el 16 de octubre de 1999—, Aleco asumió una responsabilidad que trasciende los números financieros y el marketing: el peso de una identidad regional. Sin embargo, la brecha entre la dirigencia y la afición se ha hecho insalvable, Santos cada vez con él está siendo más perdedor. El reciente episodio en el Salón Fortana exclusivo reciento al norte de la ciudad de Torréon, donde el directivo fue captado tomando el micrófono en una fiesta privada, ajena al ámbito futbolístico, para entonar "Color Esperanza" de Diego Torres, resultó una afrenta simbólica para el seguidor lagunero. Al intentar vincular el color de la letra con el verde de la camiseta, no logró más que confirmar una superficialidad que indigna: mientras el presidente jugaba a ser animador en un evento social, el equipo que preside se hunde en un tobogán deportivo del que parece no tener salida. Vino inmediatamente el juego de visita ante el Puebla, donde nuevamente se perdió. Los poblanos rápidamente subieron a redes el video de los goles con los que los de La franja derrotaron al Guerreros del Santos, musicalizando el video precisamente con “Color Esperanza”.

Las estadísticas son frías, pero reveladoras, y desnudan una realidad que no se puede ocultar tras discursos corporativos. Durante los últimos dos años, Santos Laguna ha registrado uno de los peores desempeños de la Liga MX, figurando constantemente en el fondo de la tabla general, con porcentajes de efectividad que rozan el ridículo histórico para un equipo de su prosapia. El club ha dejado de ser protagonista para convertirse en un invitado de piedra en la liguilla, acumulando torneos donde las derrotas superan por mucho a las victorias y donde la fragilidad defensiva y la falta de gol son la constante. No se trata solo de una mala racha; es una estructura que ha colapsado desde la toma de decisiones hasta la ejecución en el terreno de juego.

Esta crisis se agudiza por la percepción —quizás ineludible por su origen— de que existe un desdén hacia el sentir "provinciano". La figura de un joven directivo, proveniente de los círculos acomodados de la Ciudad de México, que parece ver al club como una extensión de su estilo de vida y no como el patrimonio emocional de una región, genera un cortocircuito inevitable. El lagunero no perdona la indiferencia. Cuando el presidente de su equipo prioriza la estridencia social sobre el trabajo silencioso y estratégico para revertir los resultados, la afición siente que el club le ha sido arrebatado.

Es imperativo que Aleco Irarragorri entienda que la investidura de presidente de Santos Laguna conlleva una carga moral y un compromiso con la historia que va mucho más allá de las redes sociales o los eventos privados. No se puede encabezar una institución que es, esencialmente, el corazón de una sociedad, y al mismo tiempo comportarse con la levedad de quien no comprende las dimensiones de la crisis.

El tiempo de las anécdotas y las metáforas musicales ha terminado. La afición de Santos Laguna no necesita un cantante en un salón de fiestas; necesita un gestor que asuma el fracaso, que reestructure la columna vertebral del club y que, con humildad y trabajo, rescate al equipo del fondo de la tabla. Si Aleco quiere consolidarse como un líder, debe aprender que, en el fútbol, el único color que realmente importa es el de la victoria, y el único "color esperanza" que el aficionado quiere ver es el que se construye día a día en la cancha, con resultados, trabajo y, sobre todo, un respeto profundo por la gente que, domingo a domingo, sigue esperando que su equipo deje de ser la vergüenza de la liga para volver a ser, por fin, el Guerrero que alguna vez fue.

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