La presidenta fuera de su burbuja
Salvador García SotoLa gira presidencial del segundo informe de Gobierno apenas lleva una semana y ya empieza a registrar momentos incómodos, protestas y gritos para la presidenta Sheinbaum que, acostumbrada como todos sus antecesores a moverse siempre en ambientes y eventos cerrados y controlados, se descompone cuando los reclamos y exigencias ciudadanas en los lugares en los que visita se le salen de control y la sacan de quicio al alterarle sus eventos de porras y aplausos fáciles.
“Vamos a continuar, hagan de cuenta que no están… son muy irrespetuosos, así es el PRIAN, seguro pertenecen al PRIAN aquí de infiltrados”, cuestionó descompuesta la doctora luego de que ciudadanos de Colima, que se oponen al proyecto de ampliación del Puerto de Manzanillo, argumentando afectaciones ambientales y sociales, irrumpieran en el evento con motivo de su informe en la capital colimense.
El rostro de la mandataria se veía descompuesto y su molestia era evidente cuando hizo un silencio en su discurso mientras resonaban gritos de “¡fuera, fuera!”, que no quedaba claro si eran para ella o para los manifestantes a los que antes les había ofrecido reunirse con ellos cuando terminara su discurso. “Porque si fuera una demanda legítima estarían de acuerdo en reunirnos para atender lo que están pidiendo, ¿verdad?. Pero bueno, no vamos a caer en provocaciones, vamos a seguir recordando el pasado, yo creo que les duele cuando se recuerda el pasado, ¿verdad? Por eso gritan así de fuerte”, dijo Sheinbaum mientras guardias de seguridad jaloneaban y trataban de silenciar a los inconformes arrebatándoles sus megáfonos.
Esos a los que la presidenta llamó “prianistas” y los acusó de “infiltrados” en un evento presidencial que no se supone que sea partidista eran en realidad pescadores de Cuyutlán, Colima, y ambientalistas de ese estado que conforman el colectivo “Salvemos Cuyutlán”, y que estaban liderados por la reconocida activista Yani Valencia. Su demanda es que se frene la expansión de la zona portuaria en el Vaso II de la Laguna de Cuyutlán para que no se afecten los manglares y con ello se dañe el medio ambiente, además de acabar con la fuente de trabajo de cientos de familias de pescadores del municipio colimense de Armería.
Más allá de que el momento tenso en el evento presidencial se volvió viral y fue aprovechado por los críticos de la presidenta para cuestionar fuertemente su reacción en las redes sociales, lo que realmente preocupa es la percepción que tiene la presidenta de cualquier mexicano que no le eche porras o la cuestione. Si son periodistas o medios los que la critican en su ejercicio de poder, ella dice que es “porque no les damos chayote”, si son ciudadanos que defienden el medio ambiente y su trabajo contra una obra pública, “son prianistas irrespetuosos”; si son madres buscadoras que le piden ayuda, “son grupos movidos por la derecha”.
Da la impresión de que cuando no está en su burbuja de control y con simpatizantes que la adulen, la mandataria de todos los mexicanos no sabe cómo conducirse y termina mostrando un rostro duro y colérico con el que descalifica cualquier cuestionamiento, demanda o petición ciudadana. Y lejos de entender que ella no gobierna solo para los que piensan como ella o los que la adoran, la doctora divide, estigmatiza y hasta pide ignorar (con voto a mano alzada como si estuviera en una asamblea estudiantil) a quienes disientan de su rosario de “grandes logros” y optimismo desbordado que va repitiendo por toda la República.
La intolerancia que muestra la presidenta de México hacia quienes no coinciden o militan en su movimiento político no sólo es inaceptable y cuestionable, sino también es bastante incomprensible. Porque ella se formó políticamente en la protesta estudiantil, fue una opositora feroz a varios presidentes a los que también les gritaba en eventos públicos y los increpaba cuando tenía la oportunidad. Y hasta donde hay registro, a ella nunca ningún presidente o gobernante la descalificó en público poniéndole una etiqueta, llamándola “irrespetuosa” o “prianista” y mucho menos pidiéndole al público que la ignoraran.
Se puede entender la incomodidad que causa que un evento que es totalmente controlado, a donde sólo dejan entrar a afines al morenismo, la mayoría de ellos adultos mayores y beneficiarios de los programas sociales, de repente se aparezca un puñado de personas que increpen y griten por una demanda que es legítima y de la que quieren enterar a la presidenta. Lo que no se entiende es que la doctora cuando sale de su burbuja y no tiene un ambiente inocuo, afín y controlado, se descomponga de esa manera y muestre una intolerancia y un desprecio por las demandas, críticas o cuestionamientos de los mexicanos. Más altura y temple se requieren por parte de quien dirige al país, sobre todo porque apenas empieza su segundo año de mandato.
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