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Elvira Ávila, un siglo de vida en que vio progresar a Monclova

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Daniela Cordova / El Tiempo
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Con cien años de vida, es testigo del nacimiento de la ciudad, el auge del acero, del amor familiar y de una memoria lúcida que resguarda historias forjadas.

El agua del Río Monclova le llegaba a las manos mientras restregaba la ropa sobre las piedras. No había lavadero, pero sí esperanza. Con un siglo de vida así recuerda doña Elvira Ávila Ortiz los días en que la realidad se medía a fuerza de jabón blanco, tortillas de maíz, una familia, el horno más grande de México latiendo (AHMSA) y una sonrisa que, a cien años de distancia, sigue intacta.

El 25 de enero de 1926, hace exactamente cien años, en el Ejido La Pimienta del estado de Zacatecas nació la primogénita de Bonifacio Ávila y María Ortiz; al paso de los años llegaron sus 4 hermanos y hoy la centenaria es la única que vive y los recuerda con toda claridad desde su cálido hogar en la calle Río Bravo número 815 de la colonia Progreso en Monclova, Coahuila.

En esta entrevista para periódico El Tiempo, doña Elvira no escatimó en detalles y aferrada a seguir disfrutando los deleites de la vida compartió lo peculiar que han sido sus 10 décadas recorridas.

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El amor tocó a su puerta

En su ranchito, siendo una veinteañera, conoció al padre de sus 9 hijos, Paulino Olvera Gutiérrez. El amor los envolvió y con la llegada de su primer hijo, cuando tenía unos 4 años, la necesidad los “arrastró” a Monclova, con la promesa de una empresa que abundaba en empleos y también acero. Doña Elvira sonrió y dijo: “Paulino entró de obrero en la planta decía que en la frío, se ganaba sus centavos y con eso comprábamos los blanquillos”. Recordó cómo toda la gente quería trabajar en AHMSA, “Era el trabajo más bueno que había para todos los señores yo creo, porque todos querían entrar”.

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La nogalera

Su llegada a Monclova no fue fácil; rentaron dos cuartitos de adobe en la calle Simón Bolívar de la colonia Progreso, “era una casita humilde, pobrecita, vivíamos bien, había para las tortillas”. Al paso de los años llegó el resto de sus hijos. Los más grandecitos la acompañaban al mando en una frutería del centro. No le gustaba subirse a las combis y mejor se iban caminando; en su paso se topaban los nogales que rodeaban el Río Monclova. “Antes estaba re bonito el río, ahora ya está feo, se secó”, lamentó.

Elvira recordó cómo siempre fue ama de casa, pero a su vez criaba gallinas, marranitos y conejos. Pasaron los años y su amado Paulino se forjaba de experiencia en Altos Hornos de México y, con la ayuda de su hijo mayor, pudieron comprar una casita, misma que a la fecha es el punto de unión familiar. Corría el año 2005, cuando a la edad de 75 años, Paulino partió del mundo terrenal.

Un centenar de años

Elvira dejó en claro que el seno familiar que le dio sentido a su existir lo encontró lejos de las tierras que la vieron nacer. Monclova no la vio nacer, ella fue testigo del nacimiento de Monclova. Vio los años más “bellos”, fue testigo de los frondosos nogales, el caudaloso Río Monclova y el acero de AHMSA que no dejaba de llevar el pan de cada día. Vio crecer una ciudad.

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¿Qué hace a su edad?

Entre risas francas, doña Elvira confiesa que la lotería es uno de sus mayores deleites. Los jueves son sagrados: cuatro de sus hijos, nietos y bisnietos llenan la casa de voces y comida compartida. Le provoca carcajadas el programa El Chavo del 8.

Su paladar conserva exigencias claras: el cabrito, un Gansito de postre y una infaltable taza de café. Le gusta escuchar música, en especial “Te vas, ángel mío”, de Cornelio Reyna, que le recuerda a su hijo Juan Antonio, fallecido hace un año.

Cada año, sus hijos le llevan un conjunto para celebrar su cumpleaños y este 2026 no será la excepción: un siglo de vida se festejará con tambora, mariachi, cena abundante y lotería.

Hoy, Elvira Ávila, lúcida y serena, disfruta del amor sembrado durante diez décadas. Aunque se apoya en una andadera, su fortaleza sigue en pie y su corazón resguarda memorias y afectos que la sostienen.

Pie de foto

Sentada en su sillón favorito y en pleno uso de sus facultades, agradece a la vida por cien años de memoria intacta, rodeada del amor incondicional de su familia.

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