Cinco minutos con Pilar - Las mujeres

Usted no puede ser mujer de un solo hombre, le dijo un señor a una prima que es muy bonita (sin agraviar a las que leen esta columna). Ella le respondió con determinación:
—Efectivamente, señor, me debo a mis tres hijos varones y a mi marido. ¡Faltaba más!
Admirables las mujeres que dan su vida por los demás. Y más admirables las que, además de ver por los demás, no dejan de ver por sí mismas y luchan por alcanzar sus propios sueños.
Con hijos o sin hijos, con marido o sin marido, sola o acompañada, las mujeres somos como las amazonas: combatimos cada día con arco y jabalina, o sea, con nuestros propios recursos: educación, inteligencia, intuición y experiencia. Cuando tomamos conciencia de nuestro poder, de pronto sentimos el impulso de otras mujeres que enfrentaron las luchas de su tiempo, como así lo hicieron nuestras madres, abuelas, bisabuelas, etcétera. Todas las mujeres llevamos un poquito de esas vidas pasadas.
Por ejemplo, en los años “Ome-Calli-Dos Casa”, en Tenochtitlan, las mujeres de los nobles eran consideradas como collar de piedras finas, plumaje de quetzal, más hermosas que el oro, como “Azcalxochitzin”, esposa de Nezahualcóyotl, que solo salía a las altas terrazas y veía abajo la gran plaza. ¡Todos la admiraban!
Aun esas mujeres eran criadas con severidad: “Hacíanlas velar, hilar y tejer, y cumplir con los ritos de su tradición hasta madrugar. Como no hacían labores domésticas, para mantenerlas más ocupadas las hacían bañarse dos o tres veces al día”. Así lo escribió Motolinía. Uno de los castigos —y de los menos severos— en caso de desobediencia era aplicarles chile en la nariz (las que hemos tostado chile y se ahúma la cocina sabemos lo que eso significa).
En la época del virreinato, el famoso era el virrey; poco se conocía el nombre de la virreina, siempre sometida a la voluntad de su esposo. Las esposas de los virreyes vivían para arreglarse y, si salían, era para lucir sus joyas con abrumadores vestidos. Así lo describe Sara Sefchovich en su libro La suerte de la consorte:“Mucho tiempo gastaban las mujeres en preparar sus atuendos para cada ocasión: anchos trajes de piti flor, sobrerropas, abanicos, pañuelos de encajes bordados, guardapiés, etcétera”.
Un cura muy atrevido juzgaba a las mujeres de su época así: “Gasta la mujer dos horas en componerse y atarse la cabeza; reduce todo el cuidado al ajuste de la ropa; más parecen tiendas de mercadería”.
Por eso contrasta la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, quien se impuso a una sociedad patriarcal, demostrando que las mujeres podían destacar en la ciencia, la filosofía, la literatura y la teología. Eligió un camino propio, desafiando la expectativa del matrimonio y la sumisión femenina.
Cuando las mujeres reconocemos nuestra fuerza y capacidad, cambiamos el rumbo de la historia. Como el caso de las mujeres paraguayas que, después de perder a sus hombres en la Guerra de la Triple Alianza, reconstruyeron su país realizando trabajos en la minería y en la siembra; levantaron cimientos, reconstruyeron sus calles y repoblaron su país, logrando que Paraguay resurgiera como una gran nación.
Para lograr hazañas como esas, las mujeres debemos reconocernos y saber que podemos vencer nuestras batallas personales. Si he vencido mis propios obstáculos, puedo vencer al mundo.
Como lo ha logrado —y la pongo de ejemplo— Laura del Carmen Saldaña Martínez, quien estuvo casada durante felices 34 años con una de las grandes voces de la radio en Monclova, Coahuila (por cierto, nueve años menor que ella), llamado José de los Reyes García, mejor conocido como “JR”. Tuvieron dos hijos maravillosos, por cierto, cuates que ya son profesionistas.
Cuando los niños cumplieron siete años, a Laura del Carmen le diagnosticaron cáncer, que logró vencer. Años después reapareció y lo volvió a vencer.
Pasó el tiempo y, en plena pandemia, JR, su compañero de vida, luchó también contra su propia enfermedad: problemas con el azúcar que afectaron seriamente el páncreas. Tristemente falleció, apagándose una voz compañera de la radio que, hasta la fecha, lamentamos.
A la amiga Laura del Carmen siempre la pongo de ejemplo. Admirable guerrera como una amazona, nunca deja de trabajar en sus actividades comerciales (distribuye pan casero El Roble, de Ramos Arizpe), por cierto, muy sabroso, y le va muy bien.
Comenta que cuando salían de vacaciones en familia, JR y ella se prometían no amargarles la vida a sus hijos con sus problemas de salud. Al contrario, era mejor cantar. Tenían prohibido hablar del trabajo o del cáncer, porque los paseos solo son para convivir y ser felices.
Cuando me encuentro a Laura del Carmen en los eventos deportivos, tranquilamente me gana y siempre llega a la meta. Tiene práctica, porque después de cada quimioterapia que recibía, en vez de acostarse y llorar, mejor rezaba el rosario corriendo alrededor del Xochipilli. Ella sabe cómo llegar a la meta.
A Laura del Carmen siempre la veo sonreír. Emana energía positiva, nunca se rinde, porque su estrategia es: “Trabajo, determinación y fe”.
¡vivan las mujeres!
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