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A los 80, Roberto sigue llegando a la meta

Roberto Cervantes Alcalá
Mario Alemán / El Tiempo
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Roberto Cervantes tiene 80 años, pero cuando habla, no parece alguien que recuerda su vida… sino alguien que la vuelve a vivir.

El día que cumplió 80 años, Roberto Cervantes Alcalá no organizó una fiesta. Se puso unos tenis y bajo el sol que cae sin pedir permiso, se colocó en la línea de salida como uno más en la carrera el Tiempo de Todos. Nadie hubiera pensado que aquel hombre que esperaba tranquilo, casi al final del grupo, llevaba más de seis décadas corriendo… no solo en pistas, sino en la vida.

Salió al último. No por falta de fuerza, sino por decisión. Le gusta observar, medir, entender el ritmo de los demás. Mientras los más jóvenes arrancaban con prisa, él avanzaba con paciencia. Paso a paso. Como ha sido siempre su historia.

Roberto Cervantes Alcalá tiene 80 años, pero cuando habla, no parece alguien que recuerda su vida… sino alguien que la vuelve a vivir.

Es de Monclova, Coahuila. Ahí empezó todo. Ahí, en 1962, sin saberlo, comenzó un camino que no se ha detenido en más de seis décadas. Cuando lo cuenta, no presume, no exagera. Habla pausado, como quien repasa cada escena con cuidado. A ratos sonríe, a ratos guarda silencio… y en algunos momentos, los ojos se le humedecen.

Porque lo suyo no ha sido solo deporte. Ha sido vida. De joven jugó de todo. Voleibol, béisbol, tenis… pero el atletismo fue lo que realmente lo marcó. Era corredor de 400 metros con vallas. Llegó a competir a buen nivel, incluso ganó un segundo lugar que lo ponía en camino a un campeonato nacional. Pero un accidente automovilístico cambió todo. No pudo ir.

Lo cuenta sin queja, como quien entiende que la vida también se decide en lo que no ocurre.

Después vino su otra faceta. Se formó como contador y se dedicó a la banca durante 35 años. Desde joven, en lugar de descansar en vacaciones, se iba a aprender el oficio con un familiar. Quería ser banquero… y lo logró. Cumplió todas sus metas en ese ámbito. Pero el deporte nunca se quedó atrás. Siempre estuvo ahí, como una segunda piel.

El fútbol llegó tarde. A los 25 años. Y él mismo lo dice con honestidad: no era bueno. Pero eso no le importó. Encontró en el fútbol algo más grande que jugar: encontró una causa.

En Monclova, en aquellos años, el fútbol era desordenado. Apenas había equipos, no existían ligas bien organizadas y todo dependía de gente que amaba el deporte. Roberto fue uno de ellos. Ayudó a formar equipos, organizar torneos, crear espacios. No por reconocimiento, sino para que los jóvenes tuvieran algo en qué ocuparse, para alejarlos de la calle.

Roberto Cervantes Alcalá
Roberto Cervantes Alcalá

Con el tiempo, ese esfuerzo dio frutos. Participó en la formación de equipos infantiles que lograron tres campeonatos nacionales: en 1991, 1994-95 y 1998. Cuando lo recuerda, menciona nombres como Miguel Gallego, José Luis Adriano, Carlos Almeraz, Sergio Riojas, Arturo Romero, Leticia Acosta, Ignacio Ortega, Pepe Vergara, Óscar Ledesma, César García Valdés, Armando Castro, agradece a quienes estuvieron ahí. Nunca habla en singular.

También fue presidente de la liga municipal, en un momento difícil, con conflictos y problemas. Entró para ordenar, para calmar, para reconstruir. Y cuando sintió que ya había cumplido, se fue. Así era él: cuando ganaba, se retiraba.

Lo hizo también como jugador. El día que su equipo de veteranos fue campeón, llegó a la siguiente semana no a jugar, sino a despedirse.

Uno de sus recuerdos más vivos es de 1982. Un cuadrangular en Monclova. Llegaron las reservas profesionales del Guadalajara, invictas, con una racha impresionante. Nadie esperaba que perdieran. Pero ese día, perdieron. Contra ellos.

Roberto sonríe al contarlo, pero no se detiene ahí. Dice que ese fue el momento en que decidió dejar la presidencia de la liga. Ya había hecho lo que tenía que hacer.

En 2006, su vida dio otro giro. Un problema de salud lo obligó a dejar el fútbol activo. Para muchos habría sido el final. Para él, fue un regreso.

Volvió al atletismo. Pero ya no era el joven de antes. Era un adulto mayor, con otra condición, en otro contexto. Aun así, decidió empezar de nuevo. En 2007 participó con un equipo poco preparado. Fueron a competir a Saltillo… y les fue mal. Muy mal. Recibieron, como él mismo dice, “una porriada”.

Esa derrota no lo desanimó. Lo hizo pensar.

Buscó a antiguos corredores, reunió gente, formó una cuarteta de verdad. Trabajaron durante todo un año. En 2008 fueron campeones estatales. Y en 2009 llegó el momento más fuerte de su historia.

El campeonato nacional en la Ciudad de México.

Para poder ir, juntaron dinero como pudieron. Entre todos apenas reunieron lo suficiente. Pero Roberto llevaba algo más en su maleta: camisetas, mantas, recuerdos… todo preparado como si ya hubieran ganado. Él confiaba en su equipo.

Y dejó una instrucción clara: si no ganaban, todo debía tirarse.

Cuando llegaron al lugar, vio algo que no esperaba. Atletas imponentes, preparados, profesionales. Gente que había estado cerca del nivel olímpico. Su equipo, en cambio, estaba formado por trabajadores, personas comunes, muchos de ellos sin la apariencia física de los rivales.

En un momento, Roberto fue al baño. Ahí, sin que lo vieran, escuchó a dos de aquellos competidores hablar mientras veían pasar a su equipo.

—“¿Estos son los de Coahuila?” —“Sí.” —“No, hombre… estos no nos ganan nunca.”

Roberto se quedó en silencio. Escuchó todo. Sintió el golpe, pero no dijo nada. Salió y no le contó a sus compañeros. No quería que dudaran, no quería que se quebraran antes de competir.

Los llevó a otro lugar a calentar, lejos de los rivales. Los protegió.

Cuando recuerda ese momento, hace una pausa. Baja la mirada. Se le llenan los ojos. No por tristeza, sino por lo que vino después.

La carrera fue cerrada. Cerradísima.

Ganaron por 20 centésimas de segundo.

Cuando terminó, al día siguiente, volvió a pasar por el mismo lugar. Y volvió a escuchar a los mismos hombres.

Pero esta vez dijeron algo distinto:

—“Nos equivocamos… estos no corren… estos vuelan.”

Roberto sonríe al recordarlo. Una sonrisa tranquila, de esas que no necesitan explicación.

Ganaron el bicampeonato. Contra todos los pronósticos. Contra la lógica. Contra lo que parecía imposible.

Con el tiempo, siguió compitiendo. Adaptándose. Dejando la velocidad y entrando a la marcha deportiva. Pero nunca dejó de entrenar.

En la carrera El Tiempo de Todos organizada por Periódico El Tiempo de Monclova, decidió medirse otra vez. Eligió 5 kilómetros, no 10. Salió desde atrás, observando, calculando. Terminó en 39 minutos. Cuando llegó a la meta, el reloj marcaba 39 minutos. Tiene 80 años. No levantó los brazos. No gritó. Solo respiró hondo. Como quien sabe que no se trata de ganar. Se trata de seguir. Y Roberto sigue. Hoy sigue entrenando todos los días. Ha sufrido caídas, golpes, ha perdido dientes en accidentes propios del deporte. Lo dice con naturalidad, como parte del camino. Siguió corriendo… y convirtió su vida en una carrera que todavía no termina.

Roberto Cervantes Alcalá
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