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La Entrevista Ernesto Jesús Ríos Salazar

Entrevista
Gilberto Ortiz
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“Siempre vamos a ver si amanece con surte el monte y se deja ver el venado”

¿Cómo inicia esta tradición de cacería en tu familia y qué representa para ustedes?

“En mi familia la cacería no es un pasatiempo reciente; es algo que viene desde mis abuelos. Ellos fueron quienes empezaron a salir al monte cada temporada y poco a poco nos involucraron a todos. Para nosotros no se trata solo de buscar un venado, sino de compartir tiempo, desconectarnos de la rutina y convivir de una manera que difícilmente se logra en la ciudad. Yo crecí viendo cómo mis papás, mis tíos y mis primos se organizaban cada año, preparando el equipo, limpiando las armas, revisando el rancho y armando los campamentos. Con el tiempo, más que una actividad de temporada, se convirtió en un vínculo familiar muy fuerte. Aunque ahora me dedico a otra cosa y mi vida diaria es completamente distinta, la tradición sigue intacta. Es la manera en que nos reconocemos como familia”.

¿Cómo describirías el ambiente en su rancho durante esos días de cacería?

“El rancho está en el ejido Maravillas, cerca de Zaragoza, y es un lugar que prácticamente conocemos palmo a palmo. Llegar ahí es como volver a casa. Armamos el campamento entre todos, generalmente cerca de un área donde hay buena visibilidad y donde ya sabemos que suelen pasar los venados. Las noches son particularmente especiales; encendemos la fogata, platicamos de lo que vimos durante el día y planeamos cómo nos vamos a mover al día siguiente". 

Generalmente buscan venado, ¿cómo es esa parte del proceso y qué cuidados toman?

“Sí, principalmente buscamos venado, pero lo hacemos con mucha responsabilidad. Sabemos perfectamente que hay regulaciones, temporadas, permisos y todo lo que establece el manejo cinegético. La idea es conservar, no depredar. Buscamos animales adultos que cumplan con los criterios que marca la autoridad y el propio cuidado del rancho. Cada salida se hace con planeación y siempre priorizando la seguridad. Caminamos, observamos rastros, revisamos cámaras de movimiento si es necesario. El momento del disparo es algo que se toma muy en serio; no se trata de tirar por tirar, sino de hacerlo de manera precisa y respetuosa con el animal". 

Después de la cacería, ¿qué costumbres tienen respecto a la carne y la convivencia?

“Esa es probablemente una de las partes más bonitas de la tradición. La carne nunca se desperdicia. Una vez que cumplimos con todo el proceso de destazar y limpiar, la usamos para diferentes preparaciones. Normalmente hacemos guisos ahí mismo en el rancho: carne asada, estofados, caldos. Y cuando ya estamos en la ciudad, viene una parte que disfrutamos igual: los tamales de venado. Son una receta que ya se volvió clásica en la familia, los hacemos entre todos y se reparten para que cada quien tenga en su casa. También preparamos chorizo casero y cortes que guardamos para ocasiones especiales". 

¿Cómo viven ese momento de acampar juntos y qué importancia tiene para ustedes?

“El campamento es el corazón del viaje. Ahí es donde realmente convivimos. Cada quien tiene una tarea: uno arma las casas de campaña, otro prende la fogata, alguien más se encarga del café o del desayuno del día siguiente. A veces nos quedamos hasta tarde conversando, escuchando los sonidos del monte, viendo cómo va cambiando el cielo. Es un espacio sin teléfonos, sin ruido urbano, sin distracciones. Incluso los que trabajan en cosas distintas —porque ya cada quien tiene su vida— ahí volvemos a coincidir. Es un descanso mental y emocional. La cacería es parte del viaje, pero el campamento es donde se construyen los recuerdos. De hecho, muchos años hemos ido aunque no cazáramos nada; solo por estar ahí ya valía la pena”.

¿Qué significa personalmente para ti seguir participando en esta tradición?

“Para mí significa continuidad. Es una manera de mantener viva una parte importante de nuestra historia familiar. Aunque el trabajo y las responsabilidades cambien, siempre intento hacerme un espacio para ir. Es un recordatorio de dónde venimos, de cómo crecimos y de lo que compartimos. Además, ahora que las generaciones más jóvenes están mostrando interés, siento una responsabilidad de transmitirles los valores con los que nosotros crecimos: respeto por la naturaleza, seguridad, convivencia y unión familiar. La cacería, en nuestro caso, no es un deporte ni una competencia; es un ritual que nos une y nos recuerda que, al final, siempre regresamos al mismo punto: la familia”.

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